"Allí en Rangoon comprendí que los dioses eran tan enemigos como Dios del pobre ser humano. Dioses de alabastro tendidos como ballenas blancas, dioses dorados como las espigas, dioses serpientes enroscados al crimen de nacer, budhas desnudos y elegantes sonriendo en el coktail de la vacía eternidad como Cristo en su cruz horrible, todos dispuestos a todo, a imponernos su cielo, todos con llagas o pistola para comprar piedad o quemarnos la sangre, dioses feroces del hombre para esconder la cobardía, y allí todo era así, toda la tierra olía a cielo, a mercadería celeste."
January 1, 1970